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sábado, 18 de mayo de 2013

Viaje al futuro: la Educación en 2030


Salió de casa con el tiempo justo. El móvil se había apagado durante la noche y nada le despertó a las siete y cuarto.
Cuando sus párpados se despegaron había demasiada luz en la calle. Saltó de la cama. Un vaquero, una camiseta, la mochila, un rapidísimo Cola-Cao y la acera por delante.
Mientras galopaba camino del instituto recordó que no había comprobado el contenido de la mochila, y pensó en lo que debería haber dentro de ella: el mini, la carpeta, una libreta y el estuche. Aunque muy ligero, el peso de la mochila le decía que el ordenador no faltaba, y esto era lo más importante.
Su madre le solía decir: "Vaya suerte tienes, hijo. Cuando yo tenía tu edad llevaba una mochila de 11 kilos, ¡11 kilos! sí, has oído bien, llena de libros. Esas mochilas tuvieron la culpa de que ahora tu madre no sea más alta", y le sonreía.

A menudo se imaginaba las clases en el instituto como las recordaban sus padres, y lo más curioso de todo era que sus padres guardaban recuerdos estupendos de su etapa en el instituto, allá por los últimos noventa hasta 2005, porque los dos habían estudiado Bachillerato. 
Pero en aquellos años los alumnos nunca llevaban su ordenador al instituto, ni siquiera el teléfono móvil encendido (mamá le recordaba SIEMPRE que jamás hiciese tonterías con el móvil, que cuando ella iba al instituto también tenía móvil, pero SIEMPRE lo llevaba apagado, y lo encendía al salir de clase, cuando esperaba al abuelo para que la recogiera). Qué extraño, ¿no?, pensaba. Y se imaginaba una clase de mates sin ordenadores, sin cañón, sólo con la pizarra de tiza y libros de texto, libretas y calculadoras. Las calculadoras serían lo más moderno que había entonces en las clases, seguro.

Él había nacido en una casa con mucha luz, muchos libros (nunca había tenido el valor de contarlos), tres gatas, y... dos ordenadores, una tableta, y los smart phones de sus padres; pero ellos le explicaron desde que era muy pequeño que la vida no era así para todos los niños del mundo. Mientras él tenía todo lo que pudiera desear (menos la Play Station Evolution VII, que mamá se negaba a comprar, ¡sin haberle dado siquiera opción a negociar!), miles de niños morían de hambre en otras partes del mundo, otros miles no tenían casa, ni ropa, ni juguetes, ni un colegio, ni libretas, ni libros, ni lápices...
Y cuando pensaba en todos esos niños del mundo no podía evitar preguntarse: "¿Por qué? ¿Por qué yo lo tengo todo y ellos no tienen nada?"
Pensó en la felicidad, en su felicidad, y se hizo otra pregunta: "¿Qué necesito para ser feliz?"
En ese momento recordó las palabras de la iaia, que solía decir que, a pesar de haber nacido en el año del hambre (1946), había tenido una infancia muy feliz, y la iaia también había ido al cole, pero, a juzgar por sus palabras, aquel colegio poco tenía que ver con el que, hasta hacía poco, había sido el suyo.

En el instituto apenas utilizaba ya la única libreta que llevaba en la mochila (si acaso alguna redacción de lengua y literatura) porque todos los deberes los hacía ya en el ordenador; sin embargo, prefería llevar siempre consigo un libro, una libreta y un pequeño estuche. Años atrás había descubierto que las hojas de papel tenían algo... no sabía cómo llamarlo. Magia, tal vez. Nera, una de las gatas, mostraba una desconcertante afición por los papeles (libros, libretas, folios sueltos... se restregaba furiosamente contra ellos, y después se dormía encima), quizá era ese "algo", esa magia, la causante de su conducta. La misma magia que inundaba los cuentos que había leído de pequeño y que ahora guardaba en un baúl, la de los libros y cómics de aventuras...

Cuando corría hacia su clase escuchó desde el pasillo la voz de la profesora de lengua. Abrió la puerta y entró: 
-Buenos días, Hugo.

2 comentarios:

Isa Martinez dijo...

Este relato tan bonito nos hace a todos recordar la suerte que tenemos de haber nacido en esta parte del mundo (pese a todo) y no en ninguna otra. Además, creo que sí es importante destacar que mientras una parte de la humanidad piensa cómo será la educación en 2030, entendiendo seguramente que estará marcada por las tic, las tac..., hay otra parte que únicamente piensa cómo será la educación mañana, entendiendo seguramente que ésta estará marcada, en el mejor de los casos, por una hoja suelta y un lápiz.

Ah! también me gusta ver a cat´s crazy por el relato.

Marta Pérez Cerdá dijo...

Un relato precioso. Enhorabuena, has dejado fluir tu imaginación y así de estupendo ha quedado el relato. Estoy de acuerdo con Isa al destacar esos dos grupos de personas con espectativas de futuro bastante dispersas. Me apasiona esa referencia que haces hacia los estamentos más pobres. Lo tenemos todo y otros no lo tienen.
¡Felicidades!

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