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jueves, 16 de mayo de 2013

¿La educación en 2030? Quién sabe...



Carta al futuro,

Escribo hoy porque ayer con la tormenta me hubiera resultado imposible garantizar que el lápiz rozase, siquiera, el papel. El cielo era un océano oscuro, lleno de olas agitándose, también oscuras y mi casa estaba negra, sólo algunas velas, situadas estratégicamente por mamá, nos permitían ir de un lugar a otro sin tropezar. Estuvimos todo el día sin luz y al lado de la mesa, con las “faldas” echadas sobre nuestras rodillas y el brasero lleno de ascuas, comenzaron a surgir historias. La de mi abuelo me hizo soñar y he querido guardarla en este papel y enterrarla debajo de los nogales del jardín para que, quizá, algún nieto mío la pueda leer.

Dice mi abuelo que hace algunas décadas los niños iban al colegio con ordenadores, me dijo que eran unos aparatos como mi máquina de escribir y con pantalla como la de la tele, pero mucho más listos. Además, me aseguró que no eran necesarios los lápices ni los colores, que las mochilas no pesaban y los maestros no utilizaban la tiza porque había unas pizarras que funcionaban con los dedos. Mi abuelo también cuenta que un libro era muchos libros, que le cogían, no sé cómo, dentro.

Sin embargo, lo que de verdad me sorprendió, lo que quiero guardar en esta carta es la palabra Internet. Cuando mi abuelo la pronunció por primera vez me provocó una gran carcajada, se parecía mucho al nombre que le habíamos puesto a un compañero de clase, “El Tartané”, porque le costaba hablar. Pero a medida que el abuelo me explicaba qué era eso de Internet yo iba abriendo y abriendo la boca hasta que no pude más y le pregunté:

-¿Y dónde están ahora todas esas cosas?
 -En los museos hija, en los museos.

La respuesta de mi abuelo me entristeció profundamente. Si cuando él era joven podía acceder a información de cualquier parte del mundo, dice que escribiendo algunas palabras en la pantalla de ese ordenador, por qué yo ahora tenía que leer y leer enciclopedias viejas, llenas de polvo…; por qué si él había podido hacer trabajos digi… (no sé cómo sigue esa palabra, y mi abuelo se está cansando de tantas preguntas), yo tenía que escribir una y otra vez las mismas cosas.  Además, me aseguró que compartían la  información con el resto de la clase y… del mundo. Pero si mi profesor dice que eso es copiar.

Aunque mi sorpresa fue mayor cuando mama me explicó que ella cuando iba al colegio también había visto todas esas cosas y que les dejaban utilizar los teléfonos móviles para realizar actividades y que tenían capacidad multitarea y no se distraían. Pero eso creo que es mentira, porque nosotros vemos una mosca pasar y nos queramos embelesados.

Yo escuchaba ayer esto y no podía entender cómo todo eso había desaparecido, cómo en unos cuantos años no había ni rastro de nada…

Mi abuelo, que ya había vuelto de cambiar los barreños de las goteras (mi casa tiene unas cuantas tejas rotas y cuando llueve se nos cuela el agua), leyó en mi mente la infinidad de interrogantes que se debatían entre salir por mi boca o seguir dormidos ahí adentro y me dijo:

-Una crisis, hija. Una crisis que los ricos se inventaron para que la clase media desapareciera y la pobre se ahogara.
-¿Cómo mi pato en el estanque? –Le pregunté yo, porque no entendía qué decía-.
-No hija, como si todos los patos del mundo se hubieran ahogado como el tuyo.
-Pero abuelo… los demás patos del mundo sí están vivos. –Le insistí-.
-¿En qué condiciones Sofía? Sin médico al que acudir si le duele la cabeza y a los papas patos les duele, de ver cómo pagan la educación de sus hijos, privada y prehistórica. Claro que les duele. De ver que los logros que nosotros conseguimos y ellos disfrutaron,  se han borrado.
-Abuelo, vaya tontería, las gomas no borran cosas que no están en el papel.
-Hija mía, hay gente que borra en un instante más que todas las gomas juntas.
-Pero abuelo, no te entiendo. Los patos no estudian, ¿cómo van a estudiar? Y no van al médico, en todo caso al veterinario. -Mi abuelo estaba viejo y no sabía lo que decía-.


Sofía
En casa, 10 de julio de 2030


PD: Hoy, 10 de julio de 2050, con 33 años, leo esta carta y compruebo como a veces sí es posible que la sociedad involucione. 

3 comentarios:

José Rovira Collado dijo...

Estupendo juego temporal pero también pesimista. Me ha gustado MUCHO la denuncia sobre la crisis. Felicidades.

Arantxa Ferrández dijo...

Triste, muy triste, y profundo. Tu relato tiene la virtud de empujar a la reflexión. Has hecho un análisis muy certero. Enhorabuena.

Marta Pérez Cerdá dijo...

¡Ohhhhh, un relato muy sugerente! Tienes mucha imaginación Isa. Siempre te lo digo. Este relato es triste y pesimista pero a la vez como bien apunta Arantxa nos empuja hacia la reflexión. Las buenas historias son las que nos hacen reflexionar y en tu caso es cierto.
Enhorabuena.

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